EL
MAESTRO... UN SER HUMANO POSIBILITADOR DE CAMBIOS EN LOS ESPACIOS EN QUE
INTERACTÚA.
El mundo en
el cual estamos viviendo es cada vez más complejo y globalizador, con cambios
permanentes en casi todos los sectores con los que interactuamos, lo que hoy
estamos haciendo de una manera, mañana con una nueva técnica nos obliga a
cambiar para ser más eficientes y competitivos; ello exige individuos que se
preparen de una manera critica y reflexiva para enfrentar una realidad social
que cada vez parece más deshumanizada y destruyente, con individualismos; donde
no importa destruir a otros con tal de conseguir los intereses propios. Además
una serie de antivalores y violencia que contaminan a nuestros niños y jóvenes
y amenazan con destruir las costumbres y tradiciones propias. Ésta serie de
hechos hacen replantear la estructura de la sociedad y se hace un llamado a la
escuela, especialmente a los maestros para hacer aportes altamente
significativos desde las aulas de clases para contribuir al cambio de la
sociedad actual y permitir el progreso de nuestra nación, contribuir con la
formación de seres integrales, con una serie de valores y conocimientos
estructurados para afrontar el mundo actual.
La educación
colombiana se ha caracterizado en términos generales por ser alienante,
acrítica y poco reflexiva, se ha preocupado más por la repetición y acumulación
de contenidos, que por reflexionar y cuestionarse de una manera conciente sobre
lo que ocurre en nuestros contextos. “El profesorado no es un emisor, un mero
presentador de conocimiento acumulado y organizado en distintas disciplinas. El
estudiante no es a manera de “caja negra” ha
de ir registrando información que luego va de reproducir para ser
evaluado. Las interacciones son más complejas y los intercambios más sutiles y
cargados de múltiples significaciones. Enseñar no es como la actividad
monolítica del vendedor de un producto que utiliza una sola forma de
exposición. Aprender no es un consumo pasivo de deglutinador de información”[1].
La escuela se
ha desvinculado del entorno socio-cultural del estudiante, especialmente en las
áreas científicas y tecnológicas, dedicándose a la trasmisión de unos
contenidos literales de textos, más que conocimientos parecen ser cadáveres de
éstos, ya que no exige una reflexión conciente de lo que allí se expresa, del
mundo que nos rodea y de los acontecimientos que ocurren diariamente a nuestro
alrededor, se alejan de las necesidades del estudiantes y las clases se
convierten en acciones monótonas donde se asiste por cumplir y por llenar una
serie de requisitos exigidos por la sociedad. Ésto produce seres inseguros,
conformistas, que muy difícilmente se atreverán a gestionar cambios, con
mentalidades cerradas, carentes de creatividad, que preferirán vivir en lo ya
establecido; que no se atreven a
transformar las actividades que realizan, siendo excluidos de las sociedades de
desarrollo y del conocimiento, donde se premia al más hábil, al mejor
preparado, al más apto para solucionar problemas de su cotidianidad.
Sicólogos y
pedagogos plantean que la escuela no debe dedicarse exclusivamente a enseñar
conocimientos de una manera mecánica que tienen poco significado para los
escolares, sino también lo que Bartlett denominó en 1958 “habilidades de
pensamiento”. Esto implica que de la misma manera que un atleta necesita
ejercitarse no sólo en la prueba de la que es especialista para participar en
una competición, así los individuos necesitan desarrollar estrategias de
pensamiento que les permitan, una vez automatizadas, incorporarlas a los
problemas generales de relación con los conocimientos que han de aprender.
Los
estudiantes requieren aprender habilidades que les permitan desarrollar sus
capacidades cognitivas y explotar todas sus potencialidades, reconocer los conocimientos
previos y que sean tenidos en cuenta para un nuevo aprendizaje. Reconocer que
ningún estudiante es una “tabla rasa” donde el maestro va a depositar una serie
de contenidos, sino que cada individuo posee una serie de conocimientos y
habilidades propias; cuando llegan a la escuela es en busca de perfeccionarlos
y adquirir otros. Más que una sumatoria de conceptos lo que los individuos
necesitan es “aprender a aprender”, de una manera autónoma y reflexiva, que
sean concientes de lo que ocurre a su alrededor, que sean capaces de solucionar
problemas que se les presentan en su diario vivir, en las relaciones con sus
pares y con su entorno. Es así que la labor del maestro no puede ser tan simple
como una repetición mecánica, requiere que contribuya al desarrollo del
pensamiento en cada uno de sus estudiantes, que haga comprender que el conocimiento
no está acabado y dé herramientas para aprender permanentemente.
Frente a ésta
problemática, aparece el maestro como responsable de orientar el rumbo de la
nueva educación que requiere el mundo moderno. Desde sus prácticas pedagógicas
debe brindar las herramientas necesarias para educar al nuevo ciudadano con un
bagaje de conocimientos prácticos para interactuar con su comunidad. El
profesional de la educación debe cumplir con una serie de características para
ser eficiente en su labor y ésto lo hace diferente a otros profesionales. Los
factores que parecen susceptibles de acotar lo que diferencia a un trabajo
profesional de otros que no los son, entre otros los siguientes: “ a) el
trabajo no ha de ser de tipo manual; b) tiene un área de conocimiento definida;
c) necesitan una preparación especializada, normalmente larga; d) exige, de
entrada, cualificaciones reconocidas; e) se rige por un código ético; f) hay un
cuerpo de control que admite o rechaza; g) se considera un servicio público”.[2]
El maestro
trabaja con seres humanos, cada uno como individuo posee sus propias
características y virtudes que los diferencian de los demás, los estudiantes no
son máquinas que trabajan al mismo tiempo y producen lo mismo y en el mismo
tiempo determinado, son seres que poseen su propia vida y cuando llegan a la
escuela ya tienen una serie de conocimientos procedentes de su núcleo familiar;
además son seres con diferentes ritmos de aprendizaje y los motivan diferentes
intereses; se necesita implementar estrategias para que todos puedan asimilar
las diferentes temáticas, con una renovación permanente de la metodología del
maestro, ya que igual que el mundo está evolucionando, los estudiantes también
lo han hecho. En las manos del maestro está la responsabilidad del éxito o el
fracaso de los estudiantes, somos sembradores de amor en los corazones de esos
pequeños que nos ven como sus ídolos e imagen a imitar, o también, nos podemos
convertir en los verdugos que atemorizan y crean miedos y desconfianzas que
perdurarán por el resto de la vida.
La profesión
docente exige una preparación permanente por parte del maestro, que se capacite
y ponga en práctica esos nuevos conocimientos para enfrentar los retos
educativos que se presentan diariamente y que las reformas no se queden
solamente en la ley, en papeles inertes. El maestro debe ser agente de cambio,
renovando permanentemente de su quehacer. La preparación académica debe ser primordial,
como lo está haciendo la
Normal Superior Santiago de Cali, con el Ciclo Complementario
Semipresencial, dirigido a maestros en ejercicio que tienen el interés de
prepararse para mejorar sus prácticas escolares, y que lo logran con una
educación de calidad, cualificando a maestros del suroccidente colombiano. El maestro cumple
una función social, sentando las bases de la sociedad desde su salón de clase,
pues allí se convive en comunidad, con diferentes culturas, creencias y
tradiciones donde todos deben aprender a ser tolerantes y vivir en armonía los
unos con los otros, gestando la democracia en el aula.
Hoyle (1980)
hace una distinción que ha tenido un cierto eco a la hora de configurar la
proyección profesional del profesorado. Éste autor establece una diferencia
entre profesionalidad “restringida” y “amplia”. “La primera es intuitiva,
enfocada hacia la clase, basada en la experiencia más que en la teoría. El
profesional “restringido” es sensible al desarrollo de cada estudiante, es
ingenioso y un hábil administrador de su clase. No está atrapado por la teoría,
ni es un proclive a comparar su trabajo con el de otros. Tiende a percibir las
actividades de su clase en un contexto más amplio y valora la autonomía en
ella. La profesionalidad ampliada, se le atribuye al profesorado que se
preocupa por situar “la enseñanza que tiene lugar en su clase en un contexto
educativo más amplio, comparando su trabajo con el de otros, evaluando su
trabajo sistemáticamente y colaborando con otros docentes. Al contrario que la
profesionalidad restringida, se preocupa por la teoría y por los desarrollos
educativos actuales. Lee libros y revistas de educación, está inmerso en
actividades profesionales y se preocupa por ampliar su propio desarrollo
profesional a través de actividades de perfeccionamiento. Ve la enseñanza como
una actividad racional susceptible de ser mejorada sobre las bases de la
investigación y el desarrollo”.[3]
En el gremio
docente encontramos dos caras de la moneda, por un lado maestros comprometidos con
su profesión, que están en permanente búsqueda de estrategias que les permitan
alcanzar aprendizajes significativos con sus estudiantes, que se preparan e
innovan día con día sus prácticas, es decir, que están a la vanguardia de los
procesos educativos, aman su profesión y están comprometidos con su rol de
maestros. Están creando el verdadero cambio en el sistema educativo colombiano.
Por otro lado
encontramos maestros apáticos, tradicionalistas, que ven la educación una carga
que llevan sobre sus espaldas, piensan que la educación existe básicamente como
un espacio misionero, de sacrificio, de soldado raso y no como un espacio para
reconocerse sujetos de la enseñanza, autoridad intelectual y moral; que sólo
están por el factor económico y tal vez por no encontrar empleo en otro lugar.
Son éstos los que no dejan progresar la educación, los que están poniendo
trabas a los cambios y critican muchas veces sin razón todo lo que se produce
en materia educativa. Ellos deambulan por nuestras instituciones educativas,
esperando que pase el tiempo para poderse jubilar y descansar, pero más que
ellos seria dejar descansar a los estudiantes de su monotonía.
“En un
intento de unir el desarrollo del currículo en los centros de la
profesionalidad de los enseñantes y su formación permanente, Stenhouse (1975),
propone la figura del docente como investigador. Este enfoque sugiere abordar
el desarrollo del currículo como una investigación en la acción. El
profesorado, a medida que plantea los problemas de la puesta en práctica del
currículo, va estableciendo hipótesis en acción, que a su vez se contrastan y
siguen en la práctica para a partir de sus resultados, abrir nuevos
planteamientos o problemas”.[4]
La
investigación en el aula es una alternativa para mejorar las prácticas
pedagógicas, ya que ofrecen una innovación en la manera monótona como se dan las clases en la
actualidad, el maestro se convierte en un guía que orienta los procesos de
aprendizaje, convierte lo cotidiano en algo novedoso y sorprendente. Sus clases
se vuelven más dinámicas e interesantes para todos, pone a sus estudiantes como
el centro de todos los procesos escolares, explotando y fortaleciendo sus
cualidades personales. Se hace digno de ser admirado y reconocido, tanto por
sus estudiantes como por sus colegas maestros.
Pues bien, la
decisión de cambio la tiene cada quién en sus manos, las alternativas y
propuestas están al alcance de todos, depende de la concientización del
maestro, si quiere ponerse a tono con los adelantos del mundo moderno o quiere
seguir en la misma rutina, reconociendo que su labor no sólo es en el aula de
clase, sino que trasciende fronteras, llega a todos los rincones de la
sociedad. En muchas ocasiones la vida y decisiones importantes de los
estudiantes dependen de la orientación de nosotros, y de la importancia que le
tomemos en las clases; y tú ¿Qué estás dispuesto a aportarle a la educación
colombiana?
[1]
HERNÁNDEZ, Fernando y SANCHO, Juana María. Para enseñar no basta con saber la
asignatura. Pág. 15. Barcelona. Piados. 1993.
[2]
HERNÁNDEZ, Fernando y SANCHO, Juana María. Para enseñar no basta con saber la
asignatura. Pág. 130. Barcelona. Piados. 1993.
[3] HOYLE,E. Professionalisation and desprofessionalidation in education.
Londres. Kogan Page. 1980.
[4]
HERNÁNDEZ, Fernando y SANCHO, Juana María. Para enseñar no basta con saber la
asignatura. Pág. 144. Barcelona. Piados. 1993.
En esta reflexión, basada sobre todo en el artículo de Sancho y Hernández (1993), casi que enumeras una gran cantidad de los problemas que aquejan la educación. Sin embargo, no veo una relación más explícita, que busque algún nivel de detenimiento en lo que tiene que ver con el objeto de nuestra área y formación, que te permita no solo quedarte en esa enumeración y poder prodfundizar en uno en particular y en la posibilidad de superarlo.
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